Entrecruce

Instrucciones para fotografiar un pasaje

La fotografía, pensaba Barthes, tiene algo de tautológico por naturaleza. En la foto la pipa es siempre una pipa, una escalera es una escalera y un nudo de autopistas, fatalmente, un nudo de autopistas. Condenada a cargar con su referente, la fotografía se adhiere a lo que muestra como el cristal al paisaje, congela un instante que ya ha sido, anclado en un lugar preciso. Pero intentando levar anclas y  liberarse del “esto es esto” del medio, Jorge Miño ha encontrado otro tiempo y otro espacio para el alumbramiento de la imagen:  las suyas son fotos después de las fotos, especímenes de laboratorio que las redimen de su obsesión con el referente, para que muestren algo más de lo que el ojo ya ha visto. O mejor: fotos que dicen algo menos y por lo tanto algo más de lo que la imagen original ya ha dicho.

No es que Miño resigne la presencia de las  cosas mismas (ahí están, reconocibles, las escaleras, las rampas,  los nudos de autopistas) pero sus fotos duplican la imagen, la pliegan, la solarizan, la colorean con una paleta improbable, alteran la escala y ganan un leve satinado en el papel de algodón, hasta velar el espacio real, arrestar el tiempo y arrancarle a los puros indicios una forma abstracta. En la era de la posproducción y el apropiacionismo, Miño conserva con todo un rastro del aura del lugar y del fotógrafo: la imagen original es siempre una y es suya, garantía de una cierta fidelidad a la mirada que ha recortado la ciudad y al instante del registro.

De ahí que el efecto de la intervención digital sea doble y a menudo paradójico. En la serie Entrecruce, la ciudad es sin duda la gran ciudad de hoy (¿Buenos Aires? ¿Ciudad de México? ¿Nueva York? ¿Brasilia?)  y al mismo tiempo una versión contemporánea de los grabados de Piranesi o de Escher. Y es que Miño ha restado rastros precisos y sumado texturas hasta abstraer un motivo, el pasaje, antídoto atemporal al laberinto urbanístico de las megalópolis y la tiranía reglada de los espacios públicos. Estáticas como cualquier foto, sus entrecruces son una invitación al movimiento.   

En “Instrucciones para subir una escalera”, Julio Cortázar describió con humor patafísico la complejidad insospechada de esa operación recurrente de la vida urbana: “Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.”  También Miño nos invita a extrañar la mirada frente a un gesto ya invisible de tan cotidiano. No sorprende que lo cautive la arquitectura modernista, con su elegancia racional para pasar de un lado a otro sin esfuerzo, subir, bajar, ir al Norte o al Sur, al Este o al Oeste, como si la operación que describe Cortázar se allanara en un espacio fantástico.  Según la máxima racionalista, las escaleras separan y las rampas unen. Con imaginación pictórica, Miño ha fotografiado el pasaje antes de que las escaleras y las rampas suban o bajen, unan o separen.  

Graciela Speranza